Dayana Saéz me sorprende.

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La gente dice que este viaje me puede cambiar la vida y mientras eso pasa, yo escribo sobre algunas personas que de una forma u otra ya me enseñaron algo. Hace un año más o menos, Dayana me llamó por primera vez y, hasta hoy, no para de sorprenderme. De ella aprendí algo muy valioso a punta de mis errores y defectos. El ego me abofeteó y mi vida recibió un balde de agua fría que todavía me refresca.

Como Panamá es pequeño y casi todo el mundo se conoce, creía tener una idea de como era Dayana y más porque ya conocía a su hermana. Sin embargo, eso de juzgar a los libros por su portada se lo dejo sólo a los ignorantes. Y ni ellos deberían hacerlo. Yo, por un gran rato, fui terco y todavía lo soy. Trabajar en televisión por pequeños momentos, me daba la idea errónea de que mi punto de vista era el correcto. Creo que eso me pasó. ¿El motivo? La mayoría de personas te escribe cosas tan positivas en redes sociales que empecé a pensar que lo que hacía, simplemente por hacerlo, lo hacía bien. Y eso no es así. El tiempo, Dayana y su familia me enseñaron que en esas situaciones uno mismo es quien debe ser su propio y mejor consejero. A lo que me refiero es que claro que se vale escuchar consejos, pero dejarse llevar por el entorno puede ser un gran error.

Cuando Dayana me llamó para trabajar con su equipo en su vídeo musical, yo dije que sí porque quería conocerla. A ella y a su familia. Siempre me ha llamado la atención la gente con un estilo de vida diferente y, desde mi punto de vista, lo tienen. Con el tiempo me di cuenta de dos cosas. Primero que la familia Saéz es una familia normal, pero admirablemente unida. Un buen ejemplo de amor. Por otro lado, me di cuenta que la clave de su éxito son los mismos pasos que todos podemos seguir: pasión, decisión, constancia, atreverse y ser increíblemente trabajador.

Fui un inmaduro por momentos. Saqué conclusiones de donde no había y mi ego jugó parte en un momento en el que de no haber sido egocéntrico yo hubiera conocido mucho más. Dayana es joven, decidida e impresionante. El nivel de valentía que tiene constantemente lo idolatro y ya les explico el por qué.

Trabajé fuerte en el mundo musical de Panamá y hacer un video de cero no es fácil. Conseguir los fondos para hacerlo tampoco. Sé y estoy seguro de que para Dayana no fue como algunas personas piensan. La plata no crece en los árboles, aunque creamos que para algunas personas sí. Además, el exponer su voz al mundo y aguantar las críticas es un reto al que muchas personas les frena. Y para terminar, el trabajar en equipo es fundamental.

El equipo fue increíble. Trabajar con Lucho Spada siempre es excelente y contábamos con la hermana y muy buenas amigas de Dayana. La única traba fui yo. ¿Por qué lo digo y por qué me arrepiento? A lo largo del video se me subió a la cabeza el hecho de que mis ideas valían más de lo que en verdad considero hoy en día. Hoy pienso que una idea sin acción, en verdad, no vale nada. Y a lo largo del video pude haber dado una que otra recomendación, pero era porque en verdad quería lo mejor para el proyecto. Sentí pertenencia y mucho cariño. Conocer a Dayana fue excelente. Ella se toma su tiempo para responder a cada pregunta como si rebuscara en su corazón la respuesta más auténtica y humilde. Yo, por otro lado, fui un lanzado que respondía sin pausa las palabras que saltaban de mi ego y de mi imagen… Fui un bobo y lo digo porque así lo sentí. Cuando Dayana, en su lanzamiento, le agradeció a todos los involucrados, ella hasta me mencionó. Me molesté por banalidades y hasta se lo comenté. Hoy me doy cuenta que fue un error, pero sé que eso no volverá a pasar. No vuelvo a poner pensamientos innecesarios por encima de lo que hoy sé que es correcto.

Lo que más admiro, y que fue el balde de agua fría que hoy todavía me refresca, es la humildad con la que Dayana aguantó mi inmadurez y como a lo largo del tiempo auténticamente me entendió. Ella fue demasiado madura como para jugar esos papeles de decir que todo está bien y a mis espaldas divulgar algunas de mis actitudes. Ni siquiera jugó el rol en el que disimula que todo anda bien cuando en verdad no es así. Ella siempre fue transparente y sonreía sin ningún freno. Sin decírmelo, me perdonó y siempre nos llevamos súper bien. Mi ego, de ratos, me recordaba detalles innecesarios que sólo a mi me afectaban. Gracias, en verdad, me enseñas tanto sobre lo innecesario que es el ego en general.

Hoy estoy en tu casa, donde naciste y que sin dudarlo me abriste la puerta, después de tanto tiempo sin hablar y conocí a tu papá y a tu hermano. Recordar las conversaciones con ellos sólo para escribirlas me saca una sonrisa. Tu familia es de admirar. Con tu papá hablé una noche y me hubiera encantado que fueran más. Sin titubear y a costa de cariño me demostró el desprendimiento material y el cariño por lo demás. La conversación fue así el primer día que lo vi:

  • Buenas noches!
  • Buenas noches Sr Rigoberto. Soy Andrés Piñeiro (cuento corto de lo que estoy haciendo en bicicleta por Panamá) y bueno mañana tengo que ir una playa a 200km de aquí para poder participar en una limpieza y reciclaje que estamos organizando junto con la gente de SalDelSofa y… Bueno… Ahora mismo vamos saliendo a agarrar un bus hacia divisa para que de ahí podamos agarrar otro bus hacia la playa y nos aseguremos llegar a tiempo. Es medio complicado, pero creemos que lo podemos lograr a tiempo. Gracias por prestarnos un lugar para poder dejar nuestras maletas.

A lo que el papá responde (nótese lo poco que habíamos hablado):

  • Tranquilo Andrés, ¿para qué el bus? Llévense un carro, yo se lo presto. (Aclaro que aquí no sobran los carros, fue un clásico favor que surge de las buenas intenciones y nada más)

Luego de eso mi mente pasó por varias etapas. Primero que todo, quedé sin palabras y contentísimo. Luego de eso, me pusé un poco nervioso. Pero valía la pena correr el riesgo de aceptar el carro porque en verdad era de muchísima ayuda. Por último, se sumaron todas las lecciones Saéz en un balde de agua fría. Percibo esta muestra de confianza como algo admirable. Una característica entre el desapego a lo material y el amor al prójimo que quiero conseguir. Esa misma característica que yo debía haber aprendido de cuando trabajé con Dayana y ahorita vuelvo a ver, a admirar y espero poder absorber.

Con el hermano, intercambié pocas palabras. Le dije “hola” a lo que me respondió con otro hola acompañado de una enorme sonrisa. Le comenté que me gustó su clase de natación (nadó muy bien), a lo que respondió con otra enorme sonrisa.

Con Sheldry si he hablado más veces y aunque no recuerdo cada una de sus respuestas si noto su sonrisa, tan honesta y contagiosa.

Que bonita familia y que buenas lecciones las que me han enseñado. Estoy contento porque puedo ver detalles que aunque tenía enfrente mío, yo mismo me bloqueaba la mirada... Eso a veces me pasa. Con personas, actitudes y paisajes… Pero en este viaje, y con el tiempo, mis ojos se van limpiando y voy mejorando. La belleza en la vida se vuelve más clara.